
Wabi-sabi es una filosofía ancestral japonesa que hunde sus raíces en el zen y que venera la austeridad, la naturaleza y el día a día. Más directamente, deriva de la ceremonia del té, un sencillo ritual zen para elaborar y servir té que los señores feudales del siglo XV desvirtuaron al practicarlo para alardear de su opulencia ante sus invitados.
La vía wabi del té (wabichado) surgió precisamente como oposición a esto, impulsada por un maestro tan poderoso que su legado sigue hoy vigente. La ceremonia de Sen no Rikyu, que sirve el té en sencillos cuencos y coloca las flores en cestas de pescador, rápidamente se convirtió en la forma predilecta de tomar el té en Japón.
La madera y el bambú reemplazaron la porcelana, y la laca y pretensiones de triunfar lo fueron por la calidad del sabor. El nombre de esta forma de servir el té creada por Rikyu, wabi, es una palabra poética. Quizás un poco melancólica: describe la visión de un monje envuelto en su manto, disfrutando de una noche frente al fuego, gozoso en su pobreza. Esta idea de simplicidad -la estética diaria de cualquier samurai- adquirió una nueva nobleza. Dejó de importar la riqueza, y todo el mundo en Japón hacía té y lo compartía con otros.
Nadie está seguro de cómo la palabra sabi fue unida a wabi, ni dónde sucedió, pero ambas le otorgaron a la vía wabi un nivel superior. Sabi significa “el florecer del tiempo”, evocando rudeza y óxido, el encanto de las cosas viejas. Le ofrece dignamente su aprecio al paso del tiempo: adoquines gastados, madera erosionada, plata oxidada. Se convirtió así en una filosofía que reverencia el tiempo, la imperfección y el orden natural.
Pero no practicamos estas ceremonias en las sociedades modernas occidentales. ¿Cómo aplicar esta vía? Como toda buena filosofía, nos ofrece una nueva visión de la realidad. Wabi-sabi nos dice que podemos disfrutar de la frugalidad. Nos anima a celebrar la belleza simplemente siendo, dejando que todo suceda.
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